Cabello negro, encrespado, ojos color café y tez de piel oscura era abuelito Aquilino. Se casó con Abuelita María José en Colombia, y a los años y unos cuantos hijos más, decidieron migrar a Panamá, donde posteriormente la familia volvería a migrar y se asentaría en la zona sur de Costa Rica. María Marciana Beita Navas (Mamá Marciana como le decíamos) se casó con Juan Bautista Navas Villanueva, dueño de grandes extensiones en Térraba de la zona sur de nuestro país, se dedicaba a la agricultura y a la ganadería, uno de los pocos letrados entre muchos, el doctor del pueblo como le decían, quien fue criado por frailes franciscanos alemanes.
Católico-apostólico y romano decía ser el abuelito Juan, una fe inquebrantable mezclada con creencias propias de los indígenas de Térraba era la base de la crianza para sus hijos, además de la cincha de la abuela y los abrazos cariñosos del abuelo. Es así como también las curaciones a enfermedades que aquejaran a cualquiera, se basaban en medicinas naturales y en oraciones en dialecto, que en efecto llegaban a curarlo todo.
Diecinueve embarazos fue la cuenta de Mamá Marciana, quien siempre dijo que “Juan nunca me tocó” en sus célebres discursos sobre el pudor y la feminidad. Se acuclillaba en un hueco que previamente había hecho en la tierra, sobre unas sábanas blancas lavadas en el río y acompañada por nadie más que la fuerza de la madre naturaleza que la rodeaba, se iba para el cerro y volvía con una criatura en sus brazos.
Era normal en esa época que los abuelos fueran quienes criaban a los nietos y nietas, la mayoría de los hijos-padres se iban a trabajar a la frontera a vender lo que sembraban en la finca, o a buscar canjear la yuca, los frijoles, el maíz o hasta las reses, por otros para llevar de vuelta a la casa algo diferente. Papá Juan contaba historias tremendas del paso del ganado por el Cerro de la Muerte, cuyo nombre, no en vano, hace referencia a cuantas almas eran devueltas a la tierra en el camino.
Esa era la actividad económica, a eso se dedicaban para darle de comer a los chiquitos, sin embargo conforme los abuelos iban envejeciendo, las hijas seguían el ciclo reproductivo, algunas se casaban otras no; los hijos se encargaban de los negocios de la familia, unos muy prósperos, otros no mucho.
Al paso de los años, fueron vendiendo partes de los terrenos, se fueron perdiendo los negocios y ante la alzada de la industrialización, decidieron migrar una vez más y establecerse en el Valle Central, en Vargas Araya. Papá Juan no dejaba de sorprenderse cada vez que tocaba el interruptor de la luz: -‘’¡Puta! ¡carajo! ¿Adónde iremos a llegar?’’- decía una y otra vez. Mamá Marciana se sorprendía de poder ver una novela en la televisión bicolor, la cual si acaso transmitía un par de canales, sin embargo no dejaba de ser una novedad en comparación con el radio que escuchaban todas las noches. “¡Ave María Purísima! Juan venga a ver esto…” gritó Mamá Marciana -“¡resucitó!” -decía- “¡resucitó! Esta mujer se murió ayer en la novela…”- cuando veía a alguna de las pocas actrices aparecer de nuevo en alguno de los escasos programas de televisión.
Seguían viajando al Sur para cuidar de las fincas que quedaban, muchos de los hijos se fueron quedando en el camino, en Buenos Aires y San Isidro del General se asentaron la mayoría. Los nietos entraron a estudiar a la escuela pública, aunque era normal llevárselos por temporadas a visitar a los primos que aún estaban viviendo en la finca, lo cual provocaba en ocasiones que perdieran uno o dos o más años de escuela.
Papá Juan y Mamá Marciana eran los únicos que hablaban la lengua Térraba, los hijos y nietos entendían todas las frases, especialmente cuando se trataba de alguna orden de acatamiento inmediato, sin embargo no quisieron enseñarla como tal. De hecho aún en la cuidad se subían al bus y lo único que pronunciaban en español era para preguntarle al chofer: -“Señor piloto, ¿Adónde llega esta cazadora?”, pues el resto del camino iban hablando entre ellos en su propia lengua, la cual era incomprensible para los demás.
Mi papá fue criado prácticamente en la cuidad, pero el orgullo de su sangre mantiene viva en su memoria los recuerdos de vivir en la finca y de sus aventuras con Papá Juan. Es la generación de mi papá la que ha procurado transmitir esa tradición de lucha y esfuerzo, de trabajo incansable y de amor por la vida, por la familia y por la educación.
Los paseos familiares más memorables datan de las veces que entre los primos nos hemos puesto de acuerdo para ir al Sur, a visitar a los otros primos que viven allá. No puede faltar ir a pescar al Térraba o a bañarse en el Coto, montar a caballo e ir a arrear al ganado del potrero, matar un chancho y escuchar a los más viejos contar las historias de los abuelos.
Hasta hace algún tiempo la familia Navas Beita nos reuníamos solo para los funerales, es de hecho una tradición que para muchos pareciera extraña, pero en un funeral no se llora sino se goza. No podría nadie imaginarse que ante tal pachanga de comidas, historias y juegos, haya un difunto en la sala. De hecho el último funeral en el cual se reunió la familia fue el de Tio Manuel, se veló en Quepos en medio de tamales, chicha y mucha música. De los 19 embarazos de Mamá Marciana se tomó la foto de los cuatro hijos que aún vivían para esa fecha: Tio Chente (Juan Vicente Jorge Alberto como le puso la abuela Marciana) el mayor de todos, Tío Roberto el menor de todos, Tía Melly y Tía Silvina.
Luego de que esa evidente tendencia, se decidió que la familia se reuniría para festejar la vida y no solo por la ocasión de alguna muerte. Han sido grandes oportunidades de poder conocer y de aprender de la sabiduría y de las historias de los más viejos, en especial de aquellos que sí tuvieron la experiencia de vivir con los abuelos y de aprender desde la fuente principal las tradiciones y costumbres de los indígenas.
Ya no quedan muchos viviendo en Térraba, Pablo Navas es uno de los primos que aún está por allá, ejemplo de la familia por mantenerse en la lucha por buscar mejores condiciones de salud y educación para los habitantes de la región. De los pocos que quedan ya casi nadie habla Térraba, muchos hemos querido aprender el lenguaje, de hecho Tío Roy trajo una vez a una señora de para que nos enseñara, pero en poco tiempo fue difícil.
Sin embargo los esfuerzos por mantener lo poco que nos queda de la cultura indígena son constantes, las comidas son de hecho de las tradiciones que mantenemos siempre. En toda fiesta de la familia están presentes los tamales de arroz, el ‘bien me sabe’ y la chicha. Es esta la evolución de una historia, la cual comenzó con la migración de una familia y se convirtió en una tradición de mantener vivo el recuerdo y las tradiciones de un legado orgullosamente indígena costarricense.
Por generaciones estará presente nuestro legado indígena, los rasgos genéticos de tez de piel, cabello negro y ojos oscuros, y de ese carácter luchador y combativo, de esfuerzo y de amor por “la sangre de nuestra sangre”; ya mezclada, ya distinta, pero al fin y al cabo sangre.