lunes, 11 de octubre de 2010

Una pincelada de mi vida: Parte II

¿Qué si me he enamorado? Mmm… enamorarse es el resultado de un proceso (inevitable definición ingenieril jejeje) en el cual se juntan colores y bellas formas, alma y arte, naturaleza y hasta olores, la creatividad se desborda y los suspiros abundan, el cielo se despeja hasta en su más gris episodio y la más insignificante criatura es tierna y fascinante, he ahí la parte más sencilla de la ecuación… Yo solo lo vi… ¡ah sí! ¡Lo vi muy bien! y no tarde en darme cuenta que no era la única que lo miraba sigilosamente entre las matas cual leona en busca de una suculenta gacela, aunque lejos, muy lejos de la Sabana, me encontraba en el patio del kínder, ahí donde todo puede pasar, desde la Hormiga Atómica hasta Santa Claus en un avión, sí, ahí donde el tiempo no pasa y la hora sin sombra se hace eterna. Pero en fin, ahí lo vi…

El primer descubrimiento fue que su nombre también empezaba con A, como el mío; su encantadora sonrisa de “sí yo sé que soy lindo, mi mamá me lo dice todos los días” fue su segunda cualidad más encantadora, aunque saber que no tenía oportunidad contra las chicas de sexto que lo merodeaban no fue muy alentador… Todas estaban dispuestas a dar su merienda completa con lonchera y todo con la esperanza de que él dejara de pensar en algo más que la mejenga del recreo o jugar escondido, y pronunciara alguno de nuestros nombres, aunque fuera para decir que esa era la fila de niños y no de niñas. Hubiese deseado que no se diera cuenta de mi secreto amor platónico, pero en fin, se enteró un día de esos que no se olvidan, que al recuerdo me encontraba escondida bajo el tobogán escuchando como todos los de mi clase brincaban en la tarima de la escuela “Andrea le gusta Ariel, Andrea le gusta Ariel” hasta el infinito… Una canción le escribí, pero esa sí no se las cuento o tendría que matarlos!!! Jejejeje… Y así fue mi primer amor platónico, a primera vista decía cuando me preguntaban, increíble!!! El primer amor destinado a ser solamente recordado.

No por la gana de seguir con el tema, pero ahora que me acuerdo, aún más pequeña me case, Si!!! Así como lo oyen, estuve casada… jejeje Se llamaba Alfonso (curiosamente también su inicial era A), y así como lo tuve así se me fue… murió… a mi temprana edad enviudé ¿pueden creerlo? Apuesto a que no pueden creer ¿de qué se murió? …De cáncer de hombro… pobre hombre… en su lecho de muerte aún quería ver a nuestros siete hijos y medio, que por cierto también murieron!!! Trágica ¿no? Pero no culpen a la niña, cualquiera que se desvele viendo “Rescate 911” tendría gran material para recrear un sinnúmero de dolorosas y reales situaciones, donde aún los relatos de los hermanos Grimm, Uvieta o Don Conejo se quedarían cortos. Al parecer la cura fue un día que una de las hermanas de mi madre me dijo “Andrea, ¡ahí está Alfonso!”… ¿pueden imaginarse lo que es que un producto de tu imaginación se fugue de tu mente? y lo peor ¡que alguien más pueda verlo! ¡Qué cura más cruel! Gracias al cielo mi imaginación aún vuela, solo que ya no le gusta merodear entre tan trágicas situaciones, aunque de vez en cuando sueña con encantados jardines y azules astros donde a veces se asoman tímidos príncipes y otras veces solamente sus corceles… aunque prefiere saltar entre los jardines de los imposibles como si los sueños inmortales no fueran suficientes…

Tampoco es culpa de la niña que desde pequeña los soliloquios formaran parte de su vida cotidiana, a pesar de las ocasionales amenazas de arcaicas mentes que incluían al viejillo de la esquina y cualquier secuaz de la televisión jeje, de alguna manera los grandes discursos que terminaban con interminables aplausos de sus peluches, sirvieron para que hoy foráneos del área le diagnostiquen sociopatía, siempre y cuando este concepto haga referencia al inevitable encanto, cual el de una ninfa no tan griega, al pronunciar honestas y bien pensadas palabras. Podría llamársele don de la palabra o bien le da un buen uso a su lengua, pero lo cierto del caso es que al público no siempre se le da lo que quiere pero siempre se le da lo que necesita…

Les cuento que no todos empezaban con A, de hecho del enamorado número dos del cual tengo memoria en segundo-tercer grado (otro día les cuento como pase dos años en uno solo) fue Elliot: morenito, como de mi estatura (para tener la edad que teníamos estaba bien), cabello negro y lacio, muy inteligente, sí sí, todo un muñeco!!! Jejeje El poco tiempo que estuvimos en la escuela científica, recuerdo que teníamos que huir de Marco, a pesar de que éramos solamente tres niños en segundo-tercer grado, pero simplemente no podía dejarnos en paz. No fue hasta que llego Kari mi prima, a acompañarnos en nuestro pequeñísimo grupo, que expandimos nuestro círculo de amistad. Algunos recuerdos vacilones me quedan de esa escuela, a pesar del reducido número de niños en cada uno de los grados, recuerdo muy bien a “Joset”, que en realidad era Joseph pero tenía un grave problema de lenguaje, Joshua dientes de lata hyper amiguis de mi hermana Isabel, los únicos dos en el pre-kinder, Nicole a la cual su mamá la tenía a dieta de lechuga y zanahoria, y cómo olvidar a Yurgen!!! Ah si!!! Ese era un caso de pagar por ver… Yurgen era un niño sumamente extrovertido, negrito como el carbón y con dientes de perla como Cocorí, solía ponerse un suéter sobre la cabeza para hacer su número de “Soy la fruta prohibida” (no se si recordarán el programa de televisión nacional “Caras Vemos”). Usualmente usaba de escenario una palmera que se encontraba en medio patio donde casi siempre nos reuníamos un buen número de chepitos espectadores a reír un rato con su recurrente número teatral. Era preocupante, aunque hacía gracia, algún problema debía tener.

Recuerdo muy bien de algunos otros amorcillos, ahí medio me gustaban, pero ahora me viene a la mente un evento sumamente interesante, lo cual me hace darme cuenta que me resultan simplemente irresistibles los ojos tímidos e inocentes, esos que reflejan hasta lo más íntimo de su ser y que demuestran ser tan puros como un niño aunque los años ya hayan pasado por él. Estaba sentada en las gradas, llevaba un pantalón de vestir gris y una blusa de colores rosados y blancos con puntos plateados, leía un libro en inglés (que por cierto no terminé nunca). Él pasó a mi lado, casi desapercibido mas por alguna razón me fue inevitable volver a ver hacia atrás y hacia arriba, pues él subía las escaleras para dirigirse a alguna de las aulas de la Academia de Matemáticas. Para mi sorpresa no era la única que había vuelto a ver, rápidamente mi rostro se tornó en un tono rojizo y por supuesto con una velocidad de reacción impresionante, volví mi cara hacia el libro que había quedado en segundo plano. Habría sido genial no tener que volverlo a ver en mi vida después de semejante chasco, pero al entrar al aula que me correspondía para recibir mis clases para olimpiadas, ahí estaba él… Andrés… estudiaba en el colegio Monseñor Sanabria, sumamente interesante… de las pocas (esa fue parte de mi época introvertida), muy pocas palabras que intercambiamos, recuerdo que me dijo que era muy ordenada con mi cuaderno de matemática, lo cual fue lo más halagador que durante esa clase pudo haberme dicho. De haber sido más suspicaz, habría dejado que esa tarde me acompañara a la parada del bus, de no ser porque al preguntarme con quien me iba yo le respondí: “¡Tranquilo! Mi abuelito viene a recogerme”. Esa fue la última vez que lo vi, no volví más a las clases y tampoco volví a verlo… pero me acuerdo como si fuera ayer… vacilón… sí! Muy vacilón!!! Jejeje

No ha sido de novela, ni de película, siquiera de fábula… aun cuando me he dado buenos golpes, duros golpes, pero ninguno que no me haya dejado buenas lecciones, de esas que no quisiera tener que repasar… Escribiré mi propia historia, de cuento de hadas o de ciencia ficción, no sé!!! Pero la escribiré…Hoy… hoy… solo… vivo… amo… siento… respiro… enamorada del amor… espero con lámpara de aceite, a veces la apago, la relleno y la vuelvo a encender… a veces solo la dejo resplandecer con un rótulo de “ver, no tocar”… otras bajo la intensidad… lo cierto es que la lámpara no va a dejar de dar su luz… y lo importante es que el aceite sea suficiente…

Mi bicicleta roja me llevaba donde quería, donde el viento me llevara ahí iba yo con ella y ella conmigo, el límite era el árbol gigante de la esquina y el murito que acompañaba a La Nación, tan pronto como aprendí a maniobrar la bicicleta me creía dueña del mundo. ¡Lo que esa bici contaría! Viajo muchos miles de kilómetros desde Guatemala, mis primos familia de gigantes (no solo por su gran talento y emprendedurismo sino por su literal altura de hasta dos metros y más) me la heredaron y mi abuelito me la trajo, en ella han aprendido a andar todos mis primos y primas, mis hermanas y hermanos y hasta uno que otro amigo. Basto acompañar a la bicicleta con unos patines puestos y no había pista que nos detuviera a intentar cualquier malabar que se nos ocurriera… evidentemente alguien tenía que pagar las facturas y esas fueron mis rodillas, pero son esas cicatrices las que nos recuerdan pequeñas y grandes lecciones aprendidas.

Hablando de cicatrices, una vez detuve una máquina de la imprenta con un solo dedo, y no precisamente porque apreté el botón de OFF, sino porque metí mi mano en la máquina de offset mientras aún andaba y milagrosamente solamente me quedó una marquita en mi dedo anular derecho. De hecho es la única vez en mi vida que me han tenido que llevar al doctor para coserme, ni siquiera cuando literalmente me atravesé los dientes en el labio inferior, por ser un lugar muy baboso, bueno, muy húmedo por las babas. Se cerró solito y quedó solamente una particular media luna cóncava hacia abajo para recordarme no ver tele subida en los hombros de Alexis mientras veía Discovery Kids, eso es mejor no intentarlo en casa… jajaja

La siguiente adquisición me la hice dando volteretas por la casa, no es que me creyera primate (de hecho la teoría de Darwing no me convence en lo absoluto) pero me encantaba andar haciendo piruetas en la casa, me encantaba andar saltando por todos lados e intentando tocar el techo, además de las vueltas carretas en el largo pasillo de la casa de abuelita Marti, y claro pararme de manos contra la pared. De hecho en una de esas hazañas, no me percate de que había un lapicero tirado en la alfombra del cuarto hasta que lo vi clavado en mi muslo, con gran curiosidad saque la punta del lapicero de donde estaba y lo siguiente que vi fue a mi mamá con mirada de “en realidad vi un lapicero clavado en su muslo???!!!” “Sí mami!! Pero tranquila, no me paso nada… vea!!! Solo me quedo un huequillo” jajaja en serio, solo se veía un huequillo del diámetro del lapicero jejeje

Cicatrices siempre habrán, algunas visibles, otras no. Más vale no tropezarse con la misma piedra dos veces…


Para proximas entregas sigue un material que explora aún mas hondo en el subconsciente... no dejen de esperarlo...